La ciudad

Breve historia de la ciudad

L’Aquila, realidad urbanística situada a 721 m. sobre el nivel del mar, en el corazón de una región montuosa, Abruzo, está rodeada de las cadenas del Sirente y del Velino por un lado y por la cadena del Gran Sasso de Italia y por los montes de la Laga, por el otro. En origen estaba ubicada sobre la colina que había constituido el confín entre las dos comarcas de Amiterno y Forcona.

La fundación está ligada a fermentos autonómicos de las tierras del confín septentrional del Regnum Siciliae que se acentuó con la muerte del emperador Federico II. Una parte de los habitantes de los castillos, de las tierras y de los pueblos de ambos territorios, unos setenta, se transfirieron en torno a la mitad del 1200 a la nueva ciudad. Las especiales circunstancias de su fundación se reflejan, pues, en la urbanística, confiriéndole un aspecto definitivo: a cada castillo le fue asignada un área para la edificación de viviendas, la iglesia y, en su plaza anterior, la fuente pública. Nacen así los diferentes barrios y algunas joyas de la arquitectura sacra románica de la ciudad, como las iglesias de Santa María Pagánica, Santa Justa, San Pedro de Coppito y San Silvestre. Es también de este período la primera fase del monumento más célebre de la ciudad, la fuente de los “99 caños” (cifra alusiva al tradicional número de castillos que habrían participado a la fundación), obra del Magister Trangredus de Péntima de Valva, como dice una inscripción colocada sobre la pared del fondo. La nueva realidad, que había modificado profundamente las estrategias político-militares en la frontera con el Estado de la Iglesia, recibió en 1254 el diploma de fundación del rey Conrado IV.

La ciudad constituyó desde el principio un importante mercado para la comarca que la abastecía regularmente de productos alimenticios: de la cuenca fértil provenía el precioso azafrán; los pastos serranos circunstantes alimentaban en el período estival numerosos rebaños de ovinos transhumantes que suministraban abundante materia prima destinada sea a la exportación, sea, en menor medida, a la manufactura local, al punto de convocar a la ciudad, con el tiempo, a artesanos y mercantes.

En pocas décadas, L’Aquila llegó a ser un punto neurálgico en el tráfico con otras ciudades del reino y fuera de él, con las que se comunicaba a través de la llamada “vía de los Abruzos” y que unía Florencia con Nápoles pasando por Perusa, Rieti, L’Aquila, Sulmona, Isernia, Venafro, Teano y Capua.

La ciudad apoyó los intereses de la curia papal y del rey inglés durante las tratativas de Edmundo, hijo del rey Enrique III de Inglaterra, por la sucesión al trono de Sicilia. Para contrastar este proyecto, el rey Manfredi, en julio del 1259, la arrasó. Tres años antes, el 23 de diciembre de 1256, el papa Alejandro IV, para premiar a los habitantes de la ciudad por la adversión manifestada contra el rey Manfredi, había elevado la iglesia de los santos Máximo y Jorge a catedral. El denuus reformator fue Carlos I de Anjou pero la fama de la ciudad se difundió mucho más allá de los confines del reino cuando un evento de excepcional importancia tuvo lugar el 29 de agosto de 1294: la consagración del eremita Pedro del Morrone como pontéfice con el nombre de Celestino V. Por su iniciativa se había comenzado a construir en 1287, Santa María de Collemaggio, la más imponente iglesia románica de la ciudad, cuya fachada, decorada con un revestimiento en filas de bloques alternativamente blancos y rosas más tres grandes rosetones, domina el parque de césped anterior.

Las vicisitudes celestinianas dieron gran impulso al desarrollo edilicio, como atestiguan los estatutos de la ciudad. Decisivos luego para el desarrollo del comercio fueron los privilegios que concedió el rey Roberto de Anjou en 1311. Quedaron protegidas especialmente todas las actividades ligadas al pastoreo, con la exención de impuestos de importación y exportación. Es este el período en el cual mercaderes toscanos (sociedad Scale, Bonaccorsi) y de la ciudad de Rieti adquieren casas para vivir en la ciudad. Estas premisas favorecieron una profunda renovación política: en 1355 participaron al gobierno ciudadano las corporaciones de los peleteros, artesanos del metal, mercaderes y letrados que con el Camerario y los Cinco constituyeron la nueva Cámara de L’Aquila. Once años antes, en 1344, el soberano había concedido a la ciudad acuñar moneda.

La mitad del siglo XIV representa un momento de grave crisis como para toda Europa. La ciudad en este período fu asolada por epidemias de peste (1348, 1363) y terremotos (1349) al punto de quedar prácticamente deshabitada aunque poco después comenzó a reconstruirse. Muchas son las señales de la importancia que alcanza L’Aquila entre finales del siglo XIV e inicios del XV: familias de hebreos vinieron a vivir a la ciudad, generales de la orden franciscana la eligieron como sede para los capítulos generales (1376, 1408, 1411, 1450, 1452, 1495); el mayor exponente de la Observancia, Fray Bernardino de Siena, vino dos veces, la primera a predicar en presencia del rey Renato de Nápoles y la segunda, a morir (1444).

La presencia observante fue decisiva para la ciudad. Intervenciones urbanísticas, ligadas a la iniciativa de fray Giovanni da Capestrano y fray Giácomo della Marca, fueron realizadas por artesanos lombardos, en una zona poco urbanizada hacia el noreste para construir un imponente complejo edilicio ubicado en el hospital de San Salvador (1446) y en la basílica y convento de San Bernardino. Larga y controvertida fue la construcción sobre todo por la crisis sísmica del 1461 que produjo el derrumbe de las estructuras (sólo el 14 de mayo de 1472 fue trasladado aquí el cuerpo de San Bernardino). Toda la ciudad sufrió graves perjuicios; transcurrieron dos años antes de que se reiniciaran las obras de reparación de iglesias y conventos.

La segunda mitad del siglo XV corresponde al período más floreciente de la economía ciudadana: el rey Alfonso I autorizó en 1456 el desarrollo de las ferias de San Pedro Celestino y San Bernardino, con dieciséis días de duración, desde el 11 hasta el 27 de mayo; el rey Ferrante de Aragón concedió el placet para instituir un studium como los existentes en Bolonia, Siena y Perusa.

La privilegiada posición geopolítica de la ciudad, de la cual se ha hablado ya, favoreció la presencia de mercantes forasteros de varias nacionalidades (Alemania, Savoya, Cataluña) como también de administradores de las compañías florentinas de los Bardi, Ardinghelli, Strozzi, Médici, Gondi, Pianelli de Venecia, Papone de Pisa, Spannocchi de Nápoles. En su viaje de Venecia a esta última ciudad, se detuvo Adán de Rotweil, discípulo de Gutenberg: el 3 de noviembre de 1481, la Cámara lo autorizó a ejercitar el arte de la impresión concediéndole además la exclusividad.

Desde las tres primeras décadas del siglo XVI, con la dominación española, se inició en L’Aquila un proceso de decadencia de las actividades productivas al cual contribuyeron las epidemias del 1503 y del 1505 que dieron comienzo a un período de crisis demográfica y de depresión económica. Esta se acentuó cuando en 1529 Felipe d’Orange, para castigar a la ciudad que se había rebelado, feudalizó todas las tierras de la comarca asignándolas en premio a sus capitanes. L’Aquila se vio privada de golpe de ese territorio que constituía su base económica. En consecuencia, vio sus ferias siempre menos visitadas por mercantes. También el proyecto urbanístico sufrió sustanciales modificaciones: la ciudad fue obligada en 1529 a proveer a la construcción de una fortaleza que comportó, en el área circundante, la destrucción de muchos edificios e iglesias y cuya construcción se prolongó más allá de un siglo. Se nos presenta hoy con el aspecto que le han conferido las restauraciones posteriores a la segunda guerra. De planta cuadrada, con cuatro poderosos bastiones angulares y circundada por un profundo foso, refleja las técnicas militares más avanzadas de la época. Actualmente en su interior se encuentra el Museo Nacional de Abruzo, con una colección artística muy apreciable por lo que respecta a documentos pictóricos y escultóreos de la región entre la Edad Media y el Renacimiento.

En los años setenta del siglo XVI, comienza otro importante cambio que implicó la modificación del eje del centro cívico de la ciudad: la reconstrucción y ampliación del antiguo palacio del Capitán para hospedar a Margarita de Habsburgo o de Austria, gobernadora perpetua de la ciudad (desde su muerte en 1597, el palacio fue residencia del Magistrado y ahora se encuentran algunas oficinas del Ayuntamiento), que después de ser gobernadora de la Fiandra se había retirado a los feudos abruzos. Con ella había venido también el ingeniero militar boloñés Francesco de Marchi quien, el 19 de agosto de 1537, había efectuado la primera ascensión, del lado de L’Aquila, del Gran Sasso.

La estructura urbanística del centro cívico sufrió una posterior transformación en los últimos años del siglo XVI y durante todo el XVII. En 1657 la ciudad fue asolada por la peste: murieron 2.294 de sus 6.000 habitantes.

Gran parte del antiguo aspecto medieval y renacimental quedó destruido en el terremoto del 2 de febrero de 1703: viviendas, iglesias, palacios y la fortaleza sufrieron gravísimos daños. En 1712, la ciudad contaba con 2.468 habitantes. Favorecieron su crecimiento las exenciones fiscales concedidas por el gobierno de Nápoles, donde, desde 1707, el virrey de España había sido sucedido por el austríaco, que en 1734 siguió a Carlos de Borbón. La ciudad resurgió lentamente del terrible terremoto pero profundas modificaciones se efectuaron en las estructuras y espacios urbanos. Los dos sectores que concurrieron a la reconsrucción de la ciudad, el clero y los nobles, la caracterizaron con el binomio iglesia-palacio: los primeros con una obra de recuperación y reciclado de lo que quedaba de la ciudad medieval, actualizada a la cultura del tiempo; los segundos, construyendo nuevas estructuras (por ejemplo, palacio Quinzi, Antonelli y Centi). Las remodelaciones afectaron casi todas las iglesias, ampliadas y reconstruidas con un nuevo aspecto barroco. Intervenciones de restauración efectuadas sobre todo en los años 1960 y 1970 anularon, en muchos casos, esta fase, devolvienndo los edificios a su primitivo estilo románico. Conservan viceversa su aspecto del 700, las iglesias de Santa María Pagánica y de San Doménico, actualmente transformada en auditorium.

En 1799 también L’Aquila sufrió la invasión de los franceses y fue afligida con saqueos y muertes. En el siglo siguiente, patriotas de la ciudad participaron a los movimientos revolucionarios del 1833, 1841 y 1848.

La unificación de Italia hizo que L’Aquila perdiera su característica de ciudad de confín sin que la nueva posición de centralidad la favoreciera porque quedó excluida de la línea ferroviaria que une aún hoy los dos mares, con evidentes consecuencias económicas.

Entrando a formar parte del nuevo estado unitario se sintió la necesidad de aportar transformaciones tendientes a adecuar la ciudad a las nuevas exigencias administrativas, infraestructurales y económicas. Las intervenciones, que sufrieron una fuerte aceleración en el siglo recién terminado, alteraron en modo irreversible la ciudad antigua porque se edificaron las áreas libres dentro de las murallas, que desde la época de su fundación nunca habían sido urbanizadas.


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